Fuego y Pólvora
Bastó una ligera conversación en el Messenger y una promesa de vernos al día siguiente para que sintiera que se estaba encendiendo una mechita inocente, aparentemente inofensiva, un poquito de fuego que, sin embargo, puso a mi sexto sentido dando señales de alarma: Peligro de incendio!!! Material sumamente inflamable!!! Por favor, huya!!!
Al día siguiente intenté escabullirme, inventar una tonta historia para no verte por los pasillos del diario donde trabajaba. Sorry D, me olvidé por completo que habíamos quedado para hoy. Mis dedos se desgastaban apretando los botoncitos del teléfono llamando al anexo de mi amiga: Ya se fue? Ahora? Sigue allí? No se va?
Cuando por fin creía que te había perdido, me bastó levantar la mirada -que antes se encontraba buscando algo, ya no recuerdo qué, en mi bolso- para verte con una gran sonrisa y esa mirada tuya que nunca pude sacarme de la cabeza.
Hola D!! Cómo estás? Que te cuentas? Sí, ahora mismo tramito tu pase.
Quién diría que unos días después estaríamos en mi casa tomando 7 raíces. Quién diría que horas más tarde estaríamos en tu departamento viendo tu último trabajo mientras explicabas con orgullo como lo habías realizado. Quién diría que en tu departamento me darías ese primer beso y quién diría que en mi casa nos daríamos el resto y más.
No fue esa noche, pero allí entre la armonía de nuestros afectos y la sincronía de nuestras caricias y miradas pactamos encontrarnos de nuevo.
Puede sonar a cliché, pero así pasó. Fue como una danza, no D? Tú sabías llevarme a tu ritmo, de pronto yo quería hacer un nuevo paso y tú me dejabas y me acompañabas en este baile.
Tu mirada, esa que reconoces que intimida, esa que siempre desafié -incluso cuando ni en sueños hubiese imaginado pasar 5 ,casi 6, meses a tu lado- empezó a hipnotizarme, a llevarme hacia tus fauces. Eras un otorongo en la selva, uno negro con ojos verdes, y yo era una indefensa presa. Indefensa? No te debe cuadrar eso mucho, no?
Es cierto, creo que más veces fui yo la que se te enroscó al cuerpo como una boa, la que se transmutaba y adoptaba la forma de una gata. Recuerdo como me gustaba acercarme a ti así y como me encantaba la expresión en tu rostro. Esa mirada de satisfacción, esa mirada donde me volvería a perder una y otra vez.
Nunca sentí una atracción tan fuerte. Siempre fuimos pólvora y fuego, desde esa sonrisa, desde ese beso, desde esa noche. Mi cuerpo temblaba cuando te acercabas y podría enumerar las reacciones tan sensibles del tuyo. Pero no tiene sentido hacerlo, ambos sabemos exactamente las medidas y conductas de nuestro deseo.
Nuestra relación, la que sea que hayamos tenido, siempre ondulaba como el fuego de una fogata, con un combustible que parecía no acabarse nunca. Hasta que de pronto se acabó.
Tú la sentiste vacía, D. Yo ya no podía más. Aprendí a quererte más de lo que te imaginas y si bien también aprendiste a quererme, no fue de la manera en la que yo hubiese deseado.
Este post tomó otro rumbo, uno distinto después de la última vez que nos vimos. Este post, mi querido D, iba a dedicarte unas líneas describiendo el magnetismo con el que me atraes, pero terminó siendo algo más romántico. Irónico, no? La relación empezó así también, como algo meramente físico y acabó, en mi caso, como algo amoroso.
Igual colocaré la canción que inspiró que escribiera acerca de ti. Te quiero mucho D.